La movilidad compartida ha dejado de ser una tendencia emergente para convertirse en uno de los pilares fundamentales del transporte urbano en América Latina. Desde Bogotá hasta Lima, pasando por Ciudad de México y Buenos Aires, miles de personas eligen cada día plataformas digitales de transporte compartido, bicicletas y scooters eléctricos como alternativa real al automóvil privado.
El Contexto: Ciudades al Límite
Las grandes metrópolis latinoamericanas comparten una realidad común: redes de transporte público insuficientes, congestión vehicular crónica y una alta dependencia de sistemas informales de transporte. Ciudades como Bogotá, Caracas, Ciudad de México y Lima han crecido de manera acelerada sin que sus sistemas de movilidad tradicionales pudieran adaptarse al ritmo de su expansión urbana.
El costo económico y social de esta crisis es enorme. La congestión vehicular reduce la productividad laboral, aumenta los tiempos de desplazamiento, deteriora la calidad del aire y agrava las desigualdades sociales, ya que quienes menos recursos tienen son, paradójicamente, quienes más tiempo pierden moviéndose en la ciudad. Este escenario ha creado el terreno perfecto para que la movilidad compartida emerja como una solución disruptiva y necesaria.
Un Mercado en Explosivo Crecimiento
Las cifras hablan por sí solas. El mercado de movilidad compartida en América Latina alcanzó los 37,100 millones de dólares en 2024 y se proyecta que llegará a 105,140 millones de dólares en 2033, con una tasa de crecimiento anual compuesta (CAGR) del 12.27% entre 2025 y 2033. Un informe conjunto de la plataforma de pagos Kushki y la firma de datos Statista ya había registrado ingresos de 66,200 millones de dólares en 2022, evidenciando el dinamismo sostenido del sector.
Este crecimiento está impulsado por varios factores simultáneos: la rápida urbanización, el aumento en los costos del combustible, la masificación de los smartphones, la mayor conciencia ambiental y el apoyo gubernamental a iniciativas de movilidad sostenible. La integración de aplicaciones móviles ha sido clave: a través de ellas, los usuarios pueden acceder a bicicletas, scooters y automóviles compartidos de manera conveniente, en tiempo real y con pagos digitales.
Las Modalidades que Están Cambiando las Reglas
Ridesharing y Plataformas de Viajes Compartidos
El ridesharing —compartir un automóvil particular con otros pasajeros que van en la misma dirección— ha sido quizás la modalidad más visible de este cambio. Plataformas como Uber, DiDi, Cabify e InDriver han penetrado profundamente en el mercado latinoamericano, ofreciendo alternativas más económicas y flexibles que el taxi tradicional.
Cada vehículo de carsharing puede reemplazar entre 9 y 13 automóviles privados, según un estudio de la Universidad de California en Berkeley. En regiones donde la congestión es un problema crónico, este efecto multiplicador es transformador: menos vehículos circulando significa calles más fluidas, menos contaminación y menor demanda de espacios de estacionamiento.
Bicicletas y Scooters Compartidos
Más de 20 ciudades de América Latina ya cuentan con sistemas de bicicletas compartidas o están en fase de implementación. Ciudad de México, Bogotá, Buenos Aires, Santiago de Chile y Lima lideran este movimiento, con sistemas de estaciones fijas y docks que permiten tomar y dejar una bicicleta en distintos puntos de la ciudad.
Algunos sistemas incluso han evolucionado hacia motocicletas eléctricas, como el modelo eConduce en Ciudad de México, que combina eficiencia energética con accesibilidad de precio. Los scooters eléctricos sin estación fija (dockless) también han ganado terreno, especialmente entre jóvenes y trabajadores que los usan para el famoso “último kilómetro”, es decir, la distancia entre una estación de metro o bus y el destino final.
Transporte Institucional Compartido
Un segmento menos visible pero de gran impacto es el transporte institucional compartido: rutas optimizadas que conectan los hogares de trabajadores con sus centros de empleo. En países como Venezuela, Colombia y Guatemala, este modelo ha reorganizado la movilidad de cientos de miles de personas. Organizaciones como La Waea han impulsado proyectos piloto con expansión a 18 ciudades, con resultados medibles en calidad de vida y reducción de los tiempos de viaje.
Impacto Real en las Ciudades
Menos Congestión y Contaminación
Uno de los beneficios más tangibles de la movilidad compartida es la reducción de vehículos en circulación. Los estudios coinciden en que, al incrementar la ocupación de cada vehículo, el tráfico total disminuye significativamente. Además, muchos servicios de movilidad compartida están apostando por flotas eléctricas o híbridas, lo que reduce las emisiones de gases de efecto invernadero en zonas urbanas densamente pobladas.
El Banco de Desarrollo de América Latina (CAF) trabaja directamente con ciudades como Bogotá en el diseño de carriles exclusivos de alta ocupación, donde se comparten datos, infraestructura y vehículos. El objetivo es demostrar que los servicios de calidad no requieren de la propiedad individual del vehículo, sino de un uso más eficiente de los recursos existentes.
Recuperación del Espacio Público
Una ciudad con menos autos privados es una ciudad con más espacio disponible. Se estima que los viajes compartidos podrían ser un 50% más económicos gracias a eficiencias tecnológicas y mayor ocupación vehicular, lo que también permite liberar espacio actualmente destinado a estacionamientos para convertirlo en parques, aceras más amplias y mobiliario urbano para la inclusión social.
Este rediseño del espacio público es especialmente relevante en ciudades latinoamericanas donde el automóvil ha dominado históricamente el diseño vial en detrimento de los peatones y ciclistas. La movilidad compartida impulsa calles más amigables para caminar y pedalear, transformando la experiencia urbana cotidiana.
Mayor Equidad e Inclusión
La movilidad compartida tiene el potencial de ser profundamente democratizadora. Al eliminar la necesidad de poseer un vehículo, abre el acceso a transporte flexible y eficiente para personas de menores ingresos que no podrían afrontar los costos del automóvil propio. Además, los servicios de última milla —como bicicletas y scooters compartidos— mejoran la conectividad con el transporte público masivo, ampliando el alcance de toda la red.
Sin embargo, existe una dimensión de equidad que requiere atención particular: la movilidad en América Latina es profundamente desigual para las mujeres. Las plataformas de transporte compartido deben incorporar funcionalidades de seguridad específicas —como la posibilidad de compartir el trayecto en tiempo real, la verificación de conductores y opciones de viaje exclusivo para mujeres— para garantizar que la transformación digital del transporte sea verdaderamente inclusiva.
Los Desafíos que Quedan por Resolver
Regulación y Marco Legal
Uno de los principales obstáculos que enfrenta la movilidad compartida en la región es la fragmentación regulatoria. Cada ciudad, e incluso cada país, ha respondido de manera diferente a la llegada de plataformas digitales de transporte. Algunos gobiernos locales han adoptado marcos progresistas que fomentan la innovación; otros han optado por resistir o limitar la operación de estas plataformas, a menudo por presión de los operadores de taxi tradicionales.
El cambio de paradigma regulatorio es esencial: hay que pasar de regulaciones diseñadas para proteger modelos de negocio específicos a marcos que regulen el resultado del servicio (seguridad, accesibilidad, emisiones) sin importar el modelo de propiedad o tecnología empleada.
Infraestructura Digital y Conectividad
Para que la movilidad compartida sea accesible a todos, se necesita infraestructura digital robusta. Eso incluye cobertura de internet móvil en zonas periféricas, acceso a smartphones y, crucialmente, sistemas de pago digital inclusivos. Muchos ciudadanos latinoamericanos aún dependen del efectivo, lo que los excluye de servicios que funcionan exclusivamente con pagos digitales.
La integración de tecnologías como plataformas de inteligencia artificial para la gestión urbana —tal como el proyecto CitySensAI implementado en Florencio Varela, Argentina— muestra el camino hacia ciudades verdaderamente inteligentes capaces de gestionar la movilidad en tiempo real.
Vehículos Autónomos: El Próximo Salto
El horizonte tecnológico de la movilidad compartida en América Latina incluye la adopción gradual de vehículos autónomos (AV). Fabricantes de automóviles, empresas tecnológicas y plataformas de movilidad compartida están formando alianzas para acelerar la adopción de vehículos eléctricos autónomos en la región. Aunque su implementación masiva aún está a varios años de distancia, los proyectos piloto actuales establecen las bases regulatorias, técnicas y culturales para este salto.
Casos Emblema de Transformación
Bogotá es quizás el ejemplo más citado a nivel global. Su sistema de ciclovías —la red más extensa de América Latina— combinado con el sistema Ciclovía dominical y la integración con el sistema Transmilenio BRT, demuestra que la movilidad sostenible y compartida puede escalar en ciudades de más de 8 millones de habitantes.
Ciudad de México apuesta por la multimodalidad: el sistema de bicicletas ECOBICI, con más de 480 estaciones y decenas de miles de usuarios registrados, se complementa con plataformas de ridesharing y una red de metro que transporta millones de personas diariamente.
Lima, con su creciente oferta de plataformas como Uber, InDriver y Cabify, y los primeros sistemas de scooters eléctricos compartidos en distritos como Miraflores y San Isidro, avanza hacia un ecosistema de movilidad más diversificado, aunque todavía con grandes brechas en los distritos periféricos.
El Camino Hacia Ciudades Más Humanas
El transporte compartido en todas sus modalidades —desde los sistemas de bicicletas hasta las plataformas de vehículos compartidos— se perfila como la solución estructural a los problemas de movilidad en las grandes urbes latinoamericanas. La experiencia acumulada en distintas ciudades de la región demuestra que apostar por este modelo no solo descongestiona las calles, sino que también mejora la calidad de vida al reducir el estrés de los largos viajes y la incertidumbre del transporte informal.
Los Principios de Movilidad Compartida para Ciudades Humanas establecen que las ciudades deben priorizar caminar, andar en bicicleta, el transporte público y las formas eficientes de movilidad compartida, así como su conectividad mutua. Este enfoque sistémico —donde ninguna modalidad existe de manera aislada— es la clave para que la transformación sea duradera.
América Latina tiene una oportunidad histórica: sus ciudades, aún en pleno desarrollo y expansión, pueden adoptar modelos de movilidad sostenible antes de cimentar décadas más de dependencia del automóvil privado. La movilidad compartida no es solo una solución de transporte; es una apuesta por ciudades más justas, más limpias y más vivibles para todos sus habitantes.